viernes, 18 de enero de 2013

Minería artesanal en el Cerro Rico de Potosí (Bolivia)

Hoy voy a traer a vuela pluma recuerdos vividos en el Cerro Rico de Potosí (en quechua Sumaj Orcko), cuya cima de 4.800 m coroné un no tan lejano 28 de octubre del 2001, enarbolando la bandera de Bolivia, sin poderlo hacer también con la de España, por no tenerla a mano.

En 1543  se descubrió aquí un asiento minero incaico y, dice la leyenda, dos años más tarde un pastor quechua, Diego Huallpa, perdido cuando regresaba con su rebaño de llamas,  decidió hacer una gran fogata para pasar la noche; por la mañana, entre las brasas, vio hilillos de plata fundida por el fuego, lo que dio lugar al descubrimiento de una serie de importantes vetas argentíferas.

El uno de abril de 1545 cuatro capitanes y un maestre de campo, españoles, firmaron el documento de descubrimiento y toma de posesión "a nombre del muy Augusto Emperador de Alemania, de España y destos Reinos del Perú, señor Don Carlos Quinto...  habemos, tanto señores de basallos como basallos de señores, posesionóme y estaco deste cerro y sus contornos y de todas sus riquezas, nombrado por los naturales este cerro Potosí, faciendo la primera mina, por mí nombrada la Descubridora y faciendo las primeras casas, para nos habitar en servicio de Dios Nuestro Señor..." Los que no sabían firmar lo hicieron con una X.

Veinticinco años después, en 1560, la población era de 50.000 habitantes, entre mineros, indígenas, comerciantes, artesanos, oficiales reales... y el censo del Virrey del Perú, Francisco de Toledo, en 1573 (trece años más tarde), dio 120.000 almas. En 1625 contaba con 160.000 habitantes, más población que Sevilla, explosión demográfica que debió traer problemas bien difíciles de solucionar, en esta ciudad que crece caóticamente al pie del cerro.

Cerro éste que alojó impresionantes vetas de plata en su corazón, y que acuñó el dicho "vale un Potosí", como expresión de grandes fortunas; cerro éste que constituye la imagen central del escudo de Bolivia; cerro éste del que tantas fantasías y leyendas se han escrito, llegando incluso a decir que, con la plata que de él se ha extraído, se podría construir un puente hasta España (¡menos lobos!).

En todo caso la UNESCO, cuando en 1987 declara a Potosí como Patrimonio de la Humanidad, dice textualmente: “En la época de la colonización española se extrajeron del Cerro Rico de la ciudad boliviana de Potosí unos 2.000 millones de onzas de plata. Con este metal se pavimentaron las calles de la ciudad minera, se abasteció a la Europa renacentista y se financió en 1588 la expedición de la Armada Invencible española contra la Inglaterra de Isabel I. De hecho, la cuenca minera de Potosí formaba el complejo industrial más vasto del mundo en el siglo XVI. Desde ese entonces, las técnicas de la minería local apenas han evolucionado.” Esto supondría más de 56 millones de kilos de plata… muchos kilos parecen.

Pero la verdad es que este cerro está hoy hueco, como inmenso hormiguero, surcado por kilómetros y kilómetros de galerías, que hacen casi increíble que el cerro todavía permanezca enhiesto, mirando a lo alto (aunque su cota de coronación parece que ha descendido desde los 5.183 m de 1545, hasta los actuales 4.786 m).

Este cerro alberga cada día a cientos y cientos de hombres, mujeres y niños, que en él se adentran, lejos de la luz del día, buscando sus tesoros o la muerte. Porque, como reza el texto de la UNESCO, hoy casi se trabaja con las técnicas de hace algunos cientos de años…

Tres horas de taxi, desde Sucre, atravesando abruptas cañadas y ascendiendo a elevadas cotas, me llevaron hasta la Villa Imperial de Potosí, fundada en 1545, y que sigue siendo ubre de la que se ordeñan riquezas del subsuelo, que no llegan a hacer ricos a unos hombres y unas mujeres, que pobres nacieron y pobres morirán.

Andar por las empinadas calles de esta ciudad,  la segunda más alta del mundo entre las de más de 100.000 habitantes, con cota  de 3.827 m en su plaza principal, obliga a continuas paradas para recuperar fuelle, porque falta la respiración ¡Corazón recio tuvieron  aquellos hispanos que allí llegaron! Ellos la hicieron la urbe más grande de América, en la época colonial, cuando  la explotación de la plata atrajo a miles de mineros... pero todo ello produjo un antagonismo radical entre quienes vivían en  lujo y  opulencia, y los que lo hacían en  miseria y esclavitud.

Así, a inicios del siglo XVII ya había en Potosí 36 iglesias espléndidamente engalanadas, otras tantas casas de juego y catorce escuelas de baile... y en 1579 ochocientos tahúres profesionales y ciento veinte célebres prostitutas.

Mientras, la población indígena sufría una explotación infrahumana. La habitual mita, del periodo incaico, fue intensificada ante la falta de mano de obra; así los milayos (que es como se conocía a estos trabajadores), tenían jornada de 16 horas diarias, y esto en  condiciones de inseguridad tales que eran muy frecuentes los derrumbes y accidentes... por los que se dice que, entre 1545 y 1625, pudieron morir hasta 15.000 mineros. Luego, ante la falta de mano de obra, vinieron los esclavos africanos (aproximadamente 30.000), para trabajar en estas minas.

La producción de plata alcanzó su punto álgido en 1650... el agotamiento de los filones supuso un declive en la población, a lo que se unió la epidemia de tifus de 1719, con cerca de 20.000 fallecidos y otros tantos que huyeron de la ciudad. Así, cien años después, la población era de 70.000 habitantes y, al estallar la independencia (1825), la población era de sólo 8.000 habitantes. Luego se iniciaría un ascenso lento, merced a la explotación del estaño, que ha supuesto situar a la población actual en más de 170.000 habitantes (2011).

Hoy, pasados más de 450 años del inicio de esta minería, impresiona ver los afanes de estos buscadores principalmente de estaño y plata, con su bola de hoja de coca abultando un carrillo de la cara; coca que dicen les quita el hambre y el sueño y les da ganas de trabajar.

Ahora hacen la dobla, que consiste en  trabajar 24 horas sin parar, hasta que han obtenido metal suficiente, para bajar a llevarlo a la cooperativa, que lo va a procesar para obtener un concentrado vendible. Antes era la mita (esclavitud ajena) y ahora es la dobla (esclavitud propia)...

Mi especial guía, en las andanzas por las galerías y rateras de este indómito cerro, fue Edwin, un minero quechua de doce años, con botas de goma casi más grandes que él, que heredó de su padre, muerto en accidente en aquella montaña, que llaman devoradora de hombres o puerta del infierno.

Con Edwin he recorrido angostas galerías de dimensiones tan reducidas que apenas los niños pueden transitar por ellas, pero que él conoce a la perfección y por las que circula sin luz, como si fuese un murciélago, rápido por sus recovecos donde reina la absoluta oscuridad. y donde los riesgos acechan por doquier.

Al adentrarte por aquellas viejas galerías, pronto te topas con un pequeño altarcito, colocado en uno de los miles de quiebros, con sus cruces de madera rodeadas por serpentinas y hojas secas de coca. Hemos dejado en él nuestro tributo: esas hojas de coca, un cigarrillo, y una botellita de plástico con agua,...

Y hemos ido luego a otro hueco recóndito donde se encuentra el Tío, diablo rojo con cuernos de chivo, y enormes testículos; hemos quemado un poco de paja y hemos dejado un trocito de mineral. Son rituales que dicen dan suerte y ayudan en la tarea… ¡Falta hace!

Desde allí la aventura subterránea es siempre insensible al paso del tiempo… estrechas grietas siguiendo a los caprichos del filón de mineral, que se sumergen en las entrañas de esta tierra; que se ensanchan, estrechan y desaparecen, pero que estos quechuas los saben volver a encontrar, siguiendo indicios que otros no sabríamos reconocer.

Trabajan en cooperativa, en parte de esas 500 bocaminas que horadan al cerro. He convivido en el frente de explotación con una de cinco mineros, golpeando su marro con fuerzas que parecen incansables y, como si un guaje fuese, ha ayudado a apilar aquel mineral arrancado de la veta, en un estrío manual como se hiciera hace centenas de años.

Trabajo muy  duro el de estos mineros, en posturas en las que el cuerpo humano parecería estar desarticulado… van clavando el barreno en esa veta, en la que brilla la galena que contiene a la plata, acompañada de pirita que oro parecería.

Incansable se escucha el golpeo del marro de otra cuadrilla, contra la roca, en otra galería próxima. Aquí no hay límite de concesión; cada uno se esfuerza en avanzar de prisa, porque la propiedad se acaba donde confluyen dos cuadrillas.

Cada quince días lo bajan al pie de la montaña, donde le pagarán los bolivianos que le corresponden, y donde pasará a su tratamiento. Si han encontrado una veta rica pueden llegar a cobrar esos 20 ó 30 bolivianos, lo que sería una miseria si lo transformásemos en euros, por ni se sabe cuantas horas de trabajo, y de ahí tienen que pagar  explosivos, útiles de trabajo, alimentos,...

Hoy la dinamita y los fulminantes los venden las mujeres indígenas, en pequeños mercadillos que albergan a decenas de chamizos, de apenas un par de metros cuadrados; allí se apretuja todo lo que pueden requerir estos mineros: picos, cables, carretillas, explosivos, botas, tubos, guantes, y un sin fin de cosas más. Y aquí los turistas, insensatos ellos y sus guías, también compran, como regalo a esos mineros artesanos, cartuchos de dinamita y fulminantes (lo ideal para salir volando por los aires).

De pronto la galería tiembla; es la otra cuadrilla que ha dado su voladura. Entre ellos se avisan con un código de golpes en la roca, indescifrable para alguien ajeno a este quehacer. El trabajo no se interrumpe, hay que ganarle centímetros a la montaña, arrancándole ese mineral que se estría a pie de galería y se saca al exterior, donde el montón va creciendo.

Estos mineros artesanales viven (es un decir) en pequeñas habitaciones construidas con adobe y roca estéril, a la entrada de su galería; los niños, hasta los ocho años, con sus caritas redondas, las narices llenas de mocos, y las caras achicharradas por la radiación ultravioleta, juegan con las piedras y los restos de herramientas; difícil tienen el acceso a la escuela, posiblemente también al agua, pero te miran sonrientes, en sus infantiles juegos, sin pararse a pensar en lo que este intruso puede hacer allí.

Ellos serán pronto también mineros, se acabarán sus juegos, se terminarán sus ilusiones… nunca serán niños grandes, nunca serán jóvenes, nunca llegarán a viejos o, mejor dicho: pronto serán hombres viejos, en edad temprana...

Edwin ha cobrado 10 bolivianos, por su jornada de trabajo, vergonzante para quien los paga, pero no te dejan hacer excepción. Ha salido corriendo a llevárselos a su madre, que se ha asomado presta a la puerta de su habitación-cabaña, y me ha mirado con agradecimiento. Dolor y rabia que me roerá las entrañas, por toda la vida. No hay derecho, no hay justicia, ellos nacieron condenados a un sufrir, a un padecer, a un no tener ilusiones…

De este día bajo tierra podría contar y no acabar; y se me ponen los pelos de punta sólo con recordarlo. Aquí hay cuatro mil indígenas que trabajan sin descanso, y hasta sin opción a ponerse enfermos. Cuando uno fallece en accidente hay seis u ocho hijos que están ya trabajando o en vísperas de hacerlo. Me quedo, para mí sólo, con uno de los días que nunca podré borrar de la memoria.

Una vez fuera, la tentación de conocer más este mundo tenebroso, que supera a los daguerrotipos de los aguafuertes de Goya, me llevó a unos centenares de metros, al pie de una escombrera que acumula rocas de muchos años de esfuerzos. Allí una viejita, que me dice tener setenta y siete años, y cuyo nombre no he conseguido retener, de piel rajada en su rostro por el sol y manchada por melanoma, de manos heridas por la piedra, de sonrisa escasa en ojos cerrados, que apenas se entreabren algún milímetro,... allí  esta viejita rompe las piedras, golpeando una contra otra, de amanecer a anochecer, con la sola fuerza de sus brazos.

Ella reconoce, donde nadie lo sabríamos hacer, allí donde existe un granito de plata; lo guarda y lo esconde en lugar secreto... y así, grano a grano. Cuando al cabo de la semana junta de 2 a 4 kilos de material baja a la cooperativa, por aquellas empinadas y resbaladizas veredas, casi como si tuviese alas, y seguro con los ángeles custodios en su cuidado, para que no se despeñe hasta el fondo del cerro, el mineral lo lleva escondido no se si entre sus múltiples faldas y refajos... Luego tendrá que subir, sin sentir el soroche o mar de altura, que a nosotros nos haría morir en aquellos repechos.

Parece que a nuestra viejita le pagan algo más por su mineral, porque en este inhumano mundo hay humanidad. Su marido murió hace más de treinta años en un hundimiento minero; sus hijos marcharon a Argentina; ella supone que allí encontraron trabajo, ya que nunca volvieron, nunca dieron señales de vida... y ella no se queja, ella duerme en una chocita minúscula, hecha de piedras, con techo de plásticos rotos y rajados, sujetos con ramas secas.

Lo que come ni se sabe, lo que bebe parece que no existe. Un hatillo de tela multicolor guarda sus pertinencias; la veredita por la que se mueve la han hecho sus abarcas, bajando mil veces, con lluvias, vientos, fríos, radiaciones ultravioleta. Dos viejecitas más viven en idénticas chocitas junto a la de ella. No están; posiblemente bajaron a por sustento o a vender el mineral. Idénticos serán sus afanes, pensamientos, sueños, olvidos y hasta los secretos en sus corazones.

Dice nuestra viejita que nunca estuvo enferma; posiblemente quiere decir que nunca pudo tener "baja por enfermedad", y así hasta el día en que encuentre descanso eterno, entre estas piedras que ella incansable removió...

Abajo, en la ciudad que desde estos 4.500 metros se domina, se distingue esa Real Casa de la Moneda, en la plaza del Regocijo (hoy del 10 de Noviembre), edificio de piedra labrada de cantería, con techos y cúpulas de cedro y otras maderas nobles, y ventanas con rejas de fierro y vidrieras..., en la que se acuñaba moneda.

Transformada hoy en un conjunto museístico, conserva importantes archivos coloniales, con la maquinaria laminadora de la plata y de acuñación,  colecciones de pintura y monedas, y mil objetos más. La forma de beneficiar el mineral (plomo y plata), era fundiéndolo en  hornos rústicos, que los indígenas llamaban guairas, de los que se llegaron a construir hasta 6.000. Más tarde ya se hizo mediante el azogue.

Abajo también el Convento de San Francisco, con un patio interior que nos transporta a cualquier convento de la España profunda. Allí las iglesias de la Compañía de Jesús, San Benito, San Lorenzo, San Bernardo... Siglos de historia incombustible hecha piedra.

En Potosí la televisión nacional me entrevistó en directo, durante una hora, junto al Viceministro de Minería y Metalurgia, a las ocho de la tarde. Cuantas vivencias nacidas del corazón quise transmitir a este pueblo amable, hospitalario, entrañable, trabajador, atormentado... Pero no me extiendo más, porque hablar podría sin fin, de experiencias que conmigo llevaré al otro mundo, de luces y de sombras,... y, con una oración en los labios, por los que aquí viven y aquí sufren, por un subsistir que humano desde luego no parece... digo un hasta luego al Cerro Rico de Potosí.

10 comentarios:

  1. Excelente vivencia la que narras sobre tu visita a Potosí y al Cerro Rico. Al leer no pude evitar tener un cruce de sentimientos, puesto que con tu relato transmites emociones que llevan a pensar en los contrastes que tiene la actividad minera y en especial ese cerro que hasta estos días sigue dando mineral. Estuve varias veces en Potosí y en sus alrededores, en el cerro famoso y lo que inspira todo esto es indescriptible.

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  2. Muchas gracias Evelyn, por tus palabras llegadas de la hermana Bolivia, y por transmitir las vivencias y recuerdos que te ha traído este relato. Seguro que tenemos muchos pensamientos paralelos, nacidos de un navegar por los mismos derroteros. En apenas un mes, el blog ha superado las 2.160 visitas, de más de cuarenta países... Te animo a colaborar con tus relatos, seguro llenos de sensibilidad.

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  3. Rafael
    Me ha impresionado tu relato sobre Cerro Rico de Potosí. Sus estadísticas son formidables y, en algunos casos como el de la increíble perdida de cota del Cerro, francamente.increíbles.
    Te deseo lo mejor en tu blog, aunque, por el numero de visitas, creo que no lo necesitas en absoluto.
    Un abrazo muy fuerte
    Armogasto

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  4. Muchas gracias Armogasto por tu amabilidad al expresar tus comentarios. El tema de esa importante reducción de cota también me parece exagerado, como muchas otras cosas, pero es lo que los "papeles" dicen... Desde luego el Cerro Rico sigue siendo atalaya impresionante, para dominar una muy amplia panorámica de 360º alrededor.
    El gran número de visitas del blog es motivo de agradecimiento a sus lectores.
    Un fuerte abrazo amigo

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  5. Rafael, me he quedado consternado al saber que dentro del Cerro rico se pierde la cota, y mas aun al saber que un niño de doce años conoce de cabo a rabo, las entrañas del mismo...Gracias pr tus relatos ayudan a encaminar emociones de vida..
    Éxitos y bendiciones
    Toño De la Rosa.

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    1. Gracias Antonio, por tus comentarios. La referencia a que el Cerro pierde cota la he leído (no la he medido). He intentado cerciorarme pero no he obtenido respuesta. Pienso que puede ser cierto, pero las cifras parece exageradas...
      Doloroso, realmente, que un niño se conozca así las galerías...
      A las emociones vividas se une un nudo en la garganta
      Rafael

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  6. Excelente relato contado desde el corazón.

    Hace tiempo vi más de estos aspectos negativos de las minas olvidadas de Bolivia en un capítulo del programa "21 días" Una periodista se mete este periodo de tiempo en las más diversas situaciones.En este cápitulo se metio en las minas de Bolivia que bién describes en tu relato.Pongo un enlace donde se puede visionar.

    http://www.teledocumentales.com/21-dias-en-una-mina-boliviana/

    Gracias por la reflexión. Debemos plantearnos estos aspectos a la hora de ser consumidores conscientes y valorar los recursos que hacen posible nuestras comodidades. ahorar recursos, reciclar, seleccionar basuras y reutilizar lo máximo posible.

    Usar los recursos eficientemente es contribuir juntos para evitar estos aspectos negativos que nuestra sociedad del bien-estar genera.

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  7. Amigo "anónimo",

    Comparto plenamente contigo la necesidad de ser consumidores conscientes, y de aplicar los métodos de ahorro de recursos, reciclado, reaprovechamiento y reutilización.

    Por otra parte hoy se dispone de tecnologías que permiten realizar las explotaciones mineras en el marco del desarrollo sostenible, considerando los aspectos, sociales, ambientales y económicos, aportando así los necesarios recursos para tener una vida de calidad.

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  8. Muy triste.. es así este mundo parece..injusto y de alguna manera todos usamos esos metales para una mejor calidad de vida..porque sera poco, pero se mezcla o blanquea con la producción sustentable o responsable.
    Gran relato y excelente sitio. Gracias y saludos de Argentina. Ramiro

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  9. Totalmente de acuerdo con tu percepción referente a eso que se conoce como "minería artesanal", "minería informal", "minería ilegal"... Por supuesto los términos tienen diferente significado, y debieran responder a realidades diferentes, aunque muchas veces se confunden y se mezclan.
    Lo que si es un hecho común de estas actuaciones es la falta de tecnología, así como de códigos de seguridad e higiene y, por supuesto, de cuidados ambientales.
    En Perú se dice que puede haber más de 100.000 de estos mineros, de los que más de 30.000 estarían en Madre de Dios, siguiéndo: Piura, Nazca, Puno, Cusco... con toda una cohorte de conflictos sociales y de impactos ambientales...
    Gratitud, Ramiro, por tu percepción de este blog.

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